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l trayecto que hago desde mi casa hasta la ciudad, en ómnibus, dura aproximadamente cuarenta y cinco minutos. Esta tarde, en la mitad de ese itinerario sube un chico. El chico lleva uno de esos teléfonos móviles que (supongo yo) sacan fotos y graban y filman y reproducen música y tal vez le aten los cordones de las zapatillas y le cepillen los dientes… ¡Qué sé yo! Tal vez el teléfono no le sirva más que para reproducir la horrorosa música que está reproduciendo...
Yo le decía a Pablo: “¿Te das cuenta de que ya nadie es dueño de su propia imagen?” Y él: “Flaco, en realidad nunca somos dueños de nuestra propia imagen, ahora mismo, cada uno de nosotros está generando una imagen y esa imagen siempre es percibida por los demás; ya no es tuya, es de los que te ven.” Y yo: “Sí, pero yo no me refiero a eso; me refiero a que ahora, con esos aparatitos, cualquier infeliz te saca una foto, la saca de contexto y anda paseando por ahí una imagen de vos que ya ha dejado de ser tuya.” Ahí Pablo le da matraca a toda una alocución sobre la imagen que yo casi no estoy dispuesto a oír y concluye: “Lo que pasa es que esa tecnología que ahora está al alcance de cualquiera ha contribuido a la democratización de la imagen. Y yo: “Sí, será por eso que ahora cualquier otro infeliz que se hace llamar fotógrafo va y le saca fotos a tu hijo antes de entrar en un acto de la escuela y a la salida están todas las fotos de tu hijo expuestas y tu mujer anda juntando hasta la última moneda para comprarlas, no porque quiera atiborrarse de fotos del nene entrando al colegio, sino porque le da miedo que esas fotos anden circulando por ahí.”
La cuestión es que el chico se sienta en unos de los asientos detrás del mío. La música es horripilante y, literalmente, roñosa. Y no me refiero al género musical (que nunca logro esclarecer porque me desagrada o porque no estoy en “la movida”). Me refiero la calidad del sonido con que se reproduce. Es un sonido sucio, incierto, disparatado y chillón. El chico está “copado” y su música me alcanza y me perturba.
Trato de soportar todo lo que puedo, pero el “chingui, chingui” me noquea y giro sobre mi asiento para decirle: “Che, ¿no tenés auriculares?”. El pibe se sorprende y sólo atina a responderme: “No”. Y yo retruco: “Entonces apagalo”. El ómnibus vuelve a sus sonidos naturales de “ómnibus” y yo a mis pensamientos…
Ahí recuerdo una discusión que tuve hace algunos años con mi amigo Pablo G. sobre esas maquinitas nefastas (para mí, por lo menos). En esa oportunidad yo protestaba contra las camaritas de foto que también incluyen esos aparatitos.
Yo le decía a Pablo: “¿Te das cuenta de que ya nadie es dueño de su propia imagen?” Y él: “Flaco, en realidad nunca somos dueños de nuestra propia imagen, ahora mismo, cada uno de nosotros está generando una imagen y esa imagen siempre es percibida por los demás; ya no es tuya, es de los que te ven.” Y yo: “Sí, pero yo no me refiero a eso; me refiero a que ahora, con esos aparatitos, cualquier infeliz te saca una foto, la saca de contexto y anda paseando por ahí una imagen de vos que ya ha dejado de ser tuya.” Ahí Pablo le da matraca a toda una alocución sobre la imagen que yo casi no estoy dispuesto a oír y concluye: “Lo que pasa es que esa tecnología que ahora está al alcance de cualquiera ha contribuido a la democratización de la imagen. Y yo: “Sí, será por eso que ahora cualquier otro infeliz que se hace llamar fotógrafo va y le saca fotos a tu hijo antes de entrar en un acto de la escuela y a la salida están todas las fotos de tu hijo expuestas y tu mujer anda juntando hasta la última moneda para comprarlas, no porque quiera atiborrarse de fotos del nene entrando al colegio, sino porque le da miedo que esas fotos anden circulando por ahí.” Yo no sé. Pero, por alguna razón los circuitos electrónicos de mi cabeza han asociado el episodio del telefonito del chico del ómnibus con esta discusión con Pablo G.. Recuerdo esa discusión y la palabra “democratización” me estalla en la cabeza… ¿Será que esos telefonitos también han “democratizado” el sonido? ¡No! Es una torpeza pensar esto. ¡No, no! ¡Estoy errado! Hay razones:
1º. Ni la imagen ni el sonido se “democratizan” cuando son de mala calidad. Sería conformarse con lo que los prepotentes nos dejan como sobras, sería conformarse con migajas: “como no puedo adquirir una buena cámara fotográfica, me conformo con la porquería que los teléfonos ponen a mi alcance”; “como no puedo acceder a un buen equipo de música, me quedo con el sonido distorsionado y caótico de la baratija.”
2º. No discutiré si la musiquita que escuchaba mi simétrico viajero es basura o no. Lo que pongo en mi reflexión es la calidad de reproducción de esa música. Ese chico (como tantos) está acostumbrando su oído a ese ruido espeluznante que su cerebro registra, seguramente, en la zona de lo placentero. No me parece democrático que algunas personas atrofien su capacidad de escucha (ni la de observación, claro) para siempre.
3º. Lo que es democrático (y en esto espero que estemos todos de acuerdo) es la música en sí (lo mismo que la imagen). La música existe y ha existido en todas las culturas. No importa que se produzca con instrumentos o con la voz o simplemente con el golpeteo de pies y manos o con un simple silbido. Que los hombres intenten capturar estos sonidos y quieran reproducirlos es otra cosa. Por eso, (y lo siento, Pablo, sigo pensando como pensaba) todo pasa por enseñar y aprender a oír, enseñar y aprender a mirar, cosa que, desafortunadamente, no se enseña ni se aprende en las escuelas.
En fin, mi viaje termina. El ómnibus llega a la ciudad sin complicaciones. Y yo rumbeo hacia la casa de música para comprar el disco de Paquito d’Rivera que encargué hace dos meses y me lo trajeron importado.
(A propósito, si alguna vez pueden escuchar Taste of Paquito de Paquito d’Rivera, háganlo. Vale la pena. Si no lo consiguen hay muchos otros discos que pueden recrear el alma. El “chingui, chingui” vale para la pachanga.)
(*)Este texto fue escrito en tres etapas. Ahora, todas juntas, reunidas para que los visitantes del blog no se pierdan...